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martes, octubre 17, 2006

Tarragona

Esto es sobre el domingo 15 de octubre, cuando fui a Tarragona.

Me levanté bastante temprano para ser domingo (a las 12), y me fui hasta la estación de Sants, una de las principales de la ciudad, donde confluyen varios tipos de trenes, ferrocarriles (aquí no es lo mismo) y el metro. Compré un pasaje ida y vuelta en un tren regional, que me costó 9,40 en total. El tren salió a las 13:03 y llegué después de una hora y tres minutos (aquí los trenes son normalmente muy precisos). El viaje es casi todo a unos metros del mar, y como el trecho es muy montañoso, atravesamos muchos túneles. Se veían algunas calas, desconocidas para todos salvo para los lugareños, que aprovechaban el calor para bañarse.

Llegué a Tarragona sin ninguna idea de dónde quedaba cada cosa (de hecho, incluso sin una lista de qué cosas había para ver), con sólo un mapa de calles impreso de Google Maps. Muy cerca de la estación de trenes encontré esta plaza:


Empecé a caminar por la costa, que estaba vacía, por alguna razón no había turistas pese a ser un fin de semana largo. Siguiendo los carteles pasé frente al Museo del Mar, al que decidí dejar para último momento (aunque después no iría), y me dirigí hacia la Necrópolis Cristiana. Estaba cerrada (al parecer todo cierra los domingos a partir de las 14 ó 15 horas), pero igual se podía ver desde arriba y sacar algunas fotos.







Rodeé el Parc Central, y decidí caminar hacia el este, porque en esa dirección ascendía la pendiente y supuse que la ciudad romana debía encontrarse en un punto elevado. Llegué así a la Rambla Nueva (la Rambla Vieja ya no es una rambla, sino una avenida). Como curiosidad, diré que todas estas explanadas tienen una inclinación un poco anormal, tanta que se nota al caminar y hace difícil que las fotos queden horizontales. Supongo que será para que cuando llueve el agua fluya más rápidamente, aunque no apostaría...


La ciudad, en la que se respiraba un aire de domingo de pueblo, está un poco descuidada y sucia. Como curiosidad, los conos para cortar carriles de la calle se podían encontrar en cualquier lugar menos en la calle. En esta foto, protegen la cabeza de un héroe de 1811:


La arquitectura de Tarragona es muy variada. Hay edificios de muchos estilos:



Seguí camino por la Rambla rumbo al mar:



Allí hay un lugar denominado el Mirador, donde es verdad que se puede apreciar la curvatura de la Tierra. Esto es lo que se ve desde allí, por partes:




Yendo hacia el norte entré en la otra Tarragona, la vieja e interesante, en la que coexisten construcciones de hace 2000 años y de hace 100. Caminé hacia este anfiteatro romano ubicado junto al mar, magnífico como pocas cosas que haya visto en mi vida:


La entrada estaba también cerrada. Observando a través del alambrado me quedé muchos minutos, estático, observando el lugar y pensando. Intenté imaginar el recinto repleto hace 1900 años, también traté de hacerme una idea de lo que significan tantos siglos (antes de venir a España, no había visto nunca nada de más de tres siglos de antigüedad). Por un momento imaginé unas pocas construcciones junto al mar, rodeadas de un territorio hostil y desconocido, pero ocupadas por una cultura expansiva pero que en algún sentido no buscaba esclavos sino iguales, no tanto dominar sino educar (algunos hispanos, como Séneca, llegarían a las altas esferas romanas). Creo que esto es una forma de generosidad, en una época en que la expansión romana era inevitable y podría haberse hecho excluyendo y no incluyendo. En mi opinión, esta actitud sobrevive en la cultura española. También pensé en muchas otras cosas, todo mientras miraba exactamente esto:








Esta es la plaza que hay detrás, en realidad no es muy llamativa, pero intenta ser coherente con el estilo de la construcción romana (toda esta zona parece respetar mucho más a los romanos que a los cristianos, de hecho los detalles, como los rostros en piedra de los bebederos, son todos paganos):


Seguí camino hacia el norte, pero antes recorrí este mirador ubicado por encima del anfiteatro:


Llegué a una rotonda. La torre pertenece al circo romano, pero de eso me enteraría mucho después, ya que seguí camino por la derecha:



No sabía aún qué se conservaba de la muralla romana. Pero ver estos edificios, donde la parte inferior son restos de la muralla y el resto es de una construcción más reciente, me pareció alucinante (además de extraño: lo normal hubiera sido que hace un par de siglos derribaran todo en nombre del racionalismo y construyeran desde cero, sólo se me ocurre que esta ciudad fuera demasiado pobre en ese momento como para permitírselo).




Avanzando un poco más me encontré con la muralla casi completa, y aprovechada íntegramente como la pared trasera de los edificios, aunque seguramente la parte superior sea algunos siglos más reciente. La altura aquí es de al menos 8 metros:



Siguiendo aún más, llegué a la parte de la muralla que aparentemente está intacta desde hace muchos siglos (es muy difícil determinar qué ha sido construido durante la Edad Media para reforzar las defensas, pero en todo caso no parece haber sido reconstruida recientemente):



La altura máxima es de unos nueve metros aquí, y supongo que el muro anexado y su puerta no son romanos, sino bastante posteriores:


Aquí se ve un corte transversal de la muralla, la cual fue aprovechada para proveer las paredes laterales de alguna casa:

Aquí es donde me hubiera gustado subir, aunque eso me temo que está reservado para algún empleado afortunado del ayuntamiento. La pared de ladrillo está construida encima de la muralla, como una manera curiosa de restringir el paso:


Entonces atravesé la muralla y me interné en lo que antes era Tarraco, una ciudad ubicada en la cima de un monte y rodeada de paredes de unos 9 metros de altura. Dentro se encuentra esta universidad, que tiene foto porque el edificio me pareció bonito:


Allí hay una plaza elevada desde la que se ve esto. Debo aclarar que caminar por Tarragona significa estar subiendo y bajando todo el tiempo escaleras (cuando hay suerte) o simplemente calles con mucha pendiente. Esto, sumado a la subidita al Tibidabo, me garantizó un par de días con dolor en los tibiales anteriores, unos músculos que ni sabía que tenía.


Aquí, un monumento a los usurpadores, aquellos que lograron subvertir una cultura magnífica por donde se la mire. Es la catedral:


Cerca de la catedral de santa Tecla hay una serie de puestos, unos pocos con artesanías y la mayoría con venta de comidas árabes e indias. De todas maneras, la foto la saqué por el adoquinado:



Aquí otra foto de ese único edificio cristiano que hay en la Ciudad Vieja, cerrado a las visitas y convenientemente protegido por lo que hicieron los romanos. Según parece, tiene cierto valor arquitectónico porque combina románico y gótico con cierto éxito:


La muralla, vista desde dentro de la Ciudad Vieja:



Este edificio, creo recordar, es un museo:


En algún punto fuera de la Ciudad Vieja (estaba completamente perdido en ese momento), hay un parque enorme. Se ve la muralla, con una especie de paseo elevado y una torre que domina lo que antes probablemente fuera un campo de batalla. Lamentablemente, no encontré el acceso a ese paseo, probablemente sea a través del Parque Arqueológico, que estaba cerrado.


Si fuera tan fácil estar en el Imperio Romano...


Aquí, una foto de la plaza del Ayuntamiento (tiene un nombre, pero no lo recuerdo). Luego me enteraría de que debajo del Ayuntamiento (a mis espaldas) hay calabozos romanos (carceres):


Un edificio con un mural cubriendo todo su lateral:


Caminando sin rumbo encontré este lugar, creo que son restos de un acueducto romano:


Aunque no se podía pasar, algunos viven en ellos:






Nuevamente llevado por el azar encontré el Circo Romano, había pasado por detrás de él y no lo había visto.




El Circo Romano, como toda la parte romana de Tarragona, ha sido declarado Patrimonio Mundial por la ONU.



El Circo Romano (al que se puede acceder, pero no un domingo por la tarde), rodeándolo por fuera:




Otra vez entré a la zona amurallada, sólo para descubrir que todavía me faltaba mucho por conocer:




Esta placa supongo que era un antiguo plano de la ciudad:







En el medio de una plaza, esto:


Y en otra plaza, esto otro:


Y otro edificio pintado:


Decidí comenzar el camino de regreso, ya quedaba poca luz y tenía que atravesar nuevamente toda la ciudad nueva. Encontré una plaza con un monumento sobre la Atlántida:


En el lugar más inesperado, a mucha distancia de la ciudad vieja, me encontré con los restos del foro romano, que ocupa dos manzanas pero es casi imposible de fotografiar desde fuera:



Y aún más, me encontré con esto. En Tarragona, caminando sin rumbo, uno va encontrando restos arqueológicos a su paso. De hecho, mientras construían un estacionamiento hace diez años, encontraron un acueducto romano subterráneo que atraviesa todo el centro y se puede recorrer, aunque hay que llevar equipo de neoprene para nadar en algunos tramos.


Finalmente llegué a la estación, mientras se levantaba un viento húmedo que me recordó a la costa marplatense en otoño. Llegué a Barcelona, y descubrí que todo el mundo estaba regresando de sus viajes en el mismo momento, así que por primera vez tuve que dejar pasar un metro simplemente porque no podía subir.


Me habían dicho que Tarragona podía ser recorrida en un día. No es cierto. Me llevó cinco horas caminar por sus calles (y, de hecho, el recorrido que hice fue por casualidad el más directo), si hubieran estado abiertos los museos y las visitas a las construcciones romanas hubiera necesitado al menos dos días. Además, mirando luego en Google Earth me di cuenta de que me quedaron algunos lugares por ver, aunque ninguno romano (la plaza de toros, por ejemplo).

Debo decir que Tarragona me pareció una ciudad hermosa, una ciudad para vivir. Está un poco descuidada, pero esto según parámetros europeos, no argentinos (ya me acostumbré mucho a la limpieza de Barcelona). Mejor dicho, según parámetros barcelonenses, ya que a algunos europeos Barcelona les parece un poco sucia (no me queda claro por qué). Yo lo único que le puedo reprochar a Barcelona es que hayan sobrevivido pocas cosas romanas, un ejemplo es que trabajo a 60 metros de lo que era la principal carretera romana de acceso a España (la Vía Augusta), hoy día una avenida de asfalto.

El Imperio Romano ya no existe, pero pienso que sobrevive de alguna manera entre los europeos. En su consciencia, ya que es de una manera visible parte de su pasado. En algunas de sus comidas. En la cultura y la forma de vivir españolas. Tarraco y Barcino tuvieron el privilegio de ser dos colonias muy importantes, de haber sido parte del proyecto más grandioso de hermanar a la humanidad. Sea por suerte o por pereza, la Iglesia primero, y el racionalismo después, no destruyeron todos estos restos del pasado, estos vestigios de una época luminosa de la historia.

Tarragona, volveré.

Nota posterior: volví el 5 de mayo de 2007. Leer aquí.

lunes, octubre 16, 2006

Tibidabo

Esto es sobre el sábado 14 de octubre, cuando subí por primera vez al Monte Tibidabo, el más alto de los que rodean Barcelona.

Pero antes, un par de fotos de un atardecer desde la terraza:



Ahora sí. Bueno, la intención era levantarme el sábado bien temprano para ir a Tarragona, pero eso no fue posible, así que a las tres y media de la tarde bajé rumbo al metro sin saber bien adónde ir, pero con ganas de conocer alguna de las cosas que me faltan de Barcelona. Mirando el mapa de la ciudad, y calculando tiempos, decidí ir al monte Tibidabo, que ya ha aparecido en algunas de mis fotos (es ese monte con una catedral encima). Como he dicho antes, es el más alto de Barcelona, llega a los 588 metros sobre el nivel del mar (es bastante, teniendo en cuenta que está a sólo 10 kms. de la costa). Está ubicado al noroeste de la ciudad.

Había varias formas de acercarse. Elegí ir en tren hasta el Peu del Funicular y luego subirme al funicular que le da nombre al lugar (todo incluido en los 66 centavos del pasaje de metro). Un funicular es aquí un tren que sube por una vía recta, con una inclinación fija y elevada (alrededor de 30 grados), y que consiste en un único vagón que visto lateralmente es un rectángulo (para que el suelo del habitáculo esté horizontal) con un triángulo debajo (para que vaya apoyado sobre las vías). La otra forma de llegar, que es ir en tren hasta Avinguda Tibidabo (y probablemente pagar 2 euros para subir en un funicular "privado") quedará para la próxima.



Al salir me encontré en una especie de pueblito (Vallvidriera) ubicado a mitad de camino entre la base y la cima. Me llamó la atención la torre de telecomunicaciones de Barcelona, que mide casi 300 metros de altura (100 pisos), y que todavía hoy me pregunto cómo hicieron para construirla. De esta torre salen las señales de los (al menos) 10 canales de aire de la ciudad, las radios, etc., y todavía le sobra capacidad. El tercer piso contando desde arriba es un mirador, al que luego me subiría.


Al costado, unas escaleras descendían hasta donde llegaba la vista. Algún día las usaré... la verdad es que luego, cuando regresaba, pensé en bajar por ellas pero no tenía muchas ganas de perderme esta vez.


Los barceloneses saben aprovechar la vista...



De pronto, se acabó la vereda, y no había a la vista ningún camino peatonal para subir el monte. Luego descubriría que simplemente no lo hay, está todo hecho para que subas en coche o uses otro funicular que, ese sí, te cuesta dos euros, y no sé dónde hay que tomarlo. Así que decidí subir caminando por el camino de montaña, yendo por el asfalto porque no había nada al costado. De todas maneras el tránsito no es para nada peligroso aquí.

Después de un rato llegué a un estacionamiento, y explorando descubrí que había un mirador en la torre, y que se podía subir. Decidí ignorar la advertencia de que el ascenso no era apto para personas que sintieran vértigo, pasé por el detector de metales (que, como siempre, sonó... al menos esta vez no era en el aeropuerto de Ezeiza...), y subí. El ascensor tiene tres paredes de cristal perfectamente limpio, y el mirador estará a unos 50 pisos de altura, pero igual no me dio vértigo para nada (tal vez me haya curado, después de la Sagrada Familia...). Aquí hay una foto, desde mitad de camino:


Este es el mirador por dentro:


Cada panel de vidrio tiene, arriba y abajo, el nombre de una ciudad que quede en esa dirección y la distancia. Así me enteré de que Nueva York está a 6178 kms., el polo norte a 5474, y de que Tarragona está a 98 kms. y en línea recta con Buenos Aires, que está un poquito más lejos:



Los vidrios estaban un poco sucios del lado de fuera (yo no los limpiaría, si me preguntan), así que estas fotos no son muy buenas. Además, había una bruma impresionante sobre toda la zona (y no es contaminación, era igual en todas direcciones). Aquí, una foto de la catedral [corrección posterior: Templo del Sagrado Corazón, o Temple de Sagrat Cor]:

Un par de fotos de Barcelona:


Y otra de la Catedral:


Salí, y mientras subía caminando en dirección a la Catedral, descubrí un camino que llevaba a Sant Cugat, un pueblo para gente con mucho dinero a unos 20 kms. de Barcelona. Hice algunos metros y saqué un par de fotos. En ellas se ve uno de los bosques que forman parte de la ciudad, en el cual, según los carteles, habría ciervos:



Y aquí se ve Barcelona, y en primer plano, el observatorio astronómico:


Muy bien, alrededor de la Catedral hay unas casas y un parque de diversiones. Una de las atracciones es este tren que juega un poco con el vértigo de la gente:


Barcelona, zona norte. Entre los tres manchones verdes vivo yo:


El parque de diversiones, visto desde fuera (sale bastante caro, me han dicho). No es nada del otro mundo, está orientado más a niños pequeños:


La Catedral, que en sí no debe ser muy antigua, ya que la parte más vieja está datada en 1886:




Foto desde el café de enfrente a la Catedral. No me queda claro por qué pero hay dos entradas, una inferior (visible en esta foto) y una superior (que permite acceder a la parte "blanca").

Esto es parte de lo que se ve ingresando por la parte inferior:



Vista de Barcelona, desde la terraza de la catedral:


Vista del interior de la parte "blanca", donde se estaba llevando a cabo una boda:


Desde allí, una foto a la torre de comunicaciones:


Y al café que está frente a la Catedral:


Y ya que estamos, a los montes que quedan al oeste:


Entonces emprendí el regreso, también a pie. Desde las escalinatas de la catedral saqué esta foto del pequeñísimo centro comercial que hay allí:


Para los memoriosos, esta foto es del mismo lugar que una de las primeras, desde mitad de la montaña, pero ahora ya durante el atardecer:


Foto a una calle de Vallvidriera, que por cierto tiene una arquitectura muy linda, además de las vistas:


Bueno, de ahí me subí al funicular, luego el tren, luego el metro, y regresé al piso en bastante menos de una hora. Aunque estaba bastante cansado, había llegado una amiga gaditana (de Cádiz) de Mai, mi compañera de piso, y nos fuimos a cenar unas tapas por ahí.

Me acosté temprano, ya que el domingo tenía decidido ir sí o sí a Tarragona...

lunes, octubre 02, 2006

Molins de Rei

Esto es sobre el fin de semana del 29 de septiembre al 1 de octubre.

Outlet

El viernes regresé absolutamente dormido al piso. Normalmente, duermo unas 10 horas el viernes y el sábado por la noche, y los demás días duermo entre 4 y 7 horas. Así que el viernes existo básicamente por inercia. Al rato de llegar, Mai, mi compañera de piso, me dijo que quería ir al outlet a comprarse unos tejanos (jeans), y me preguntó si quería acompañarla. Acepté, porque no me iba a acostar tan temprano y para ver cómo eran los outlets aquí, yo me imaginaba un galpón gris con neones de verdulería y unos puestos deprimentes. Empecé a sospechar que estaba equivocado cuando salimos en su coche, un Peugeot 206 descapotable (aunque con la capota puesta), hacia el noroeste, abandonando la ciudad a través de túneles bajo tierra primero y luego a través de una autopista que atravesaba pequeños montes. La infraestructura de transportes aquí es impresionante, desde estos túneles de kilómetros de largo hasta las rotondas "aéreas" (esto es, sostenidas por pilares y ubicadas por encima de otras autopistas que se cruzan).

El outlet, ubicado en Roca del Vallès, es un lugar construido como si fuera una calle de pueblo, con tiendas a ambos costados. Vas caminando por entre ellas y entrando a los diferentes comercios, que son luminosos y coloridos, y aunque todos tienen una fachada similar, cada uno tiene en su interior un estilo diferente. Y cada uno es de una marca particular, entre las cuales figuran desde UFO y Diesel hasta Versace. O sea, un outlet aquí es un lugar donde se vende ropa de marca, pero por lo menos un 15% más barato que en la ciudad (ya que tienen que pagar menos por el alquiler de la tienda, creo). Hay que tener en cuenta que a veces los modelos más nuevos no están en el outlet, supongo que porque intentan marcar tendencia en Barcelona y además preferirán que la gente compre ahí.

Cuando todo cerró regresamos a la ciudad, comimos unas tapas por ahí (probé el pulpo), y ya sí me acosté a dormir.


Molins de Rei

El sábado me levanté tarde, y mientras me preparaba el almuerzo Mai me llamó para pedirme un favor: que bajara hasta el Born (La Ribera) para llevarle unas llaves que se había olvidado. Así que suspendí el almuerzo, bajé en metro, y me quedé tomando un café con ella y otra chica.

Como se me hizo tarde para regresar al piso e irme hasta Molins de Rei, fui directamente hasta este pueblo. Había salido sin la cámara de fotos, y por una extraña coincidencia las dos hermanas que me habían invitado a ir tampoco llevaron. Así que no hay fotos, y como había mucha gente pero ningún guiri, sólo hay un video en YouTube.

Resulta que María José, una compañera de trabajo andaluza que es muy simpática, y que vive en Molins de Rei (pueblo ubicado a 13 kms. al oeste de Barcelona), me había invitado a ir a ver las fiestas del pueblo y quedarme a cenar. También estaría Isabel, su hermana y también compañera de trabajo.

Llegué muy sobre la hora, así que no pude comprarme el sombrero de paja y el pañuelo típicos de la fiesta (y con los cuales se financian parcialmente). La fiesta consiste en esto: a las 8:30 apagan todas las luces de las calles del pueblo, y un camello gigante, en cuyo cuerpo van unas cuantas personas, va recorriendo todas las calles. El camello mide 6,75 mts. de largo y 5,30 de alto. En su boca se colocan bengalas, que apuntan en diagonal hacia abajo, y que cuando se terminan explotan y vuelan, encendidas, en cualquier dirección. El camello tiene dos posiciones: una horizontal, donde las bengalas apuntan a los pies de la gente, y otra "en dos patas", donde eleva la cabeza y hace una lluvia de chispas que llega a varios metros. A veces giraba sobre sí mismo, para echar fuego sobre los desprevenidos que se creían a salvo por ir detrás, y a veces salía corriendo hacia delante, hacia el apelotonamiento de gente que se apartaba despavorida de su paso.

Cerca del camello van algunos bomberos voluntarios disfrazados de piratas, que llevan una mochila con agua y una pistola a presión para apagar a la gente. El año pasado tuvieron que apagar con esas pistolitas una palmera que se había prendido fuego, la gente los aplaudía. El novio de María José era uno de estos bomberos, que además cada tanto tenía que rociar al camello mismo, ya que hace unos años se quedaron sin fiesta porque se les prendió fuego la cabeza del muñeco, hecha de cartón prensado.

Lejos del camello, y metidos entre la gente, van los "diablitos", personas disfrazadas que llevan un bastón especial. De manera sorpresiva, colocan una bengala en el bastón y la levantan, y hacen una especie de paraguas de chispas. El diablo queda en el centro, a salvo, y toda la gente que estaba apiñada a su lado sale en estampida para no quemarse.

Los diablos normalmente se ubicaban unos veinte metros por delante y por detrás del camello, de tal manera que todos quedáramos acorralados y buscando una salida (inexistente). Entonces todos nos echábamos sobre las paredes, y se formaba instantáneamente en la calle un corredor por el cual los diablitos corrían, con sus bengalas persiguiendo las piernas de la gente. En una de las pasadas me llenaron a mí de chispas, por suerte mis pantalones, de material inflamable, no se quemaron...

También había algunos diablitos escondidos en las terrazas, aunque esos preferían arrojar agua en vez de fuego.

El camello luego llega a la estación de trenes. Esta estación tiene una gran escalinata que desciende hasta la calle. Cuando llegamos ahí, la escalinata estaba llena de gente, con camperas de jean y sombreros de paja, unos pegados a los otros y llamando al camello. El camello se acercó, con niños disfrazados bailando bajo las chispas. Entonces, al pie de la escalinata, el camello se puso en dos patas y, yendo hacia adelante y hacia atrás, roció de chispas, una y otra vez, a la gente que estaba ahí. A todo esto, unos diablos ubicados al costado se aseguraban, con sus bengalas, de que nadie intentara escapar. Luego, el camello se hizo paso hasta la parte superior de la escalinata y llenó de chispas a todo el mundo, desde el otro lado. Yo estaba más lejos, porque no tenía sombrero y esas bengalas queman de verdad.






Dando un rodeo por las calles cercanas fuimos a interceptar al camello en otro punto, el cual, luego de hacer algo similar en una escalera (lugar donde pasó en otra ocasión lo de la palmera), y de que se le hicieran dos "regalos" al camello (algo que parecía una cabra, y un caballero articulado de unos cuatro metros de alto, que mientras avanzaba parecía caminar), el camello se acercó a la plaza de la iglesia. Al parecer, el rito se explica así: una noche, en este pueblo español, se abren las puertas del infierno y algunos de sus condenados salen a la superficie, siendo el más grotesco de ellos el camello satánico. Luego de aterrorizar a los habitantes del pueblo, se desata una batalla (verbal) en la iglesia, donde el camello asesino inevitablemente pierde y se retira para reintentarlo el año siguiente.

De ahí fuimos por una calle lateral a la iglesia, sólo para encontrarnos al camello de frente. Según María José, cambiaron el recorrido habitual para sorprender a los lugareños en un callejón sin salida. Por detrás, varios diablos nos cerraban el paso, y tuvimos que aprovechar un descuido para pasar corriendo a su lado.

En la iglesia el camello fue recibido con una cantidad impresionante de bengalas, tantas que cuando algunas explotaban la bengala vecina salía volando, encendida. Yo estaba lejos, pero algunos pedazos de cartón ardiendo pasaron por encima de mi cabeza, y otros cayeron sobre la gente que me rodeaba. Mientras tanto, una banda de heavy metal tocaba la canción más diabólica que sabían tocar, y un papa eufórico gritaba cosas en catalán por el micrófono. El camello entró, hizo un show final y se retiró corriendo.

Entonces comenzaron los fuegos artificiales. No me gustan mucho los fuegos, salvo cuando hay una posibilidad real de quemarse y entra en juego la adrenalina, pero estos fuegos eran realmente magníficos. En vez de ir lanzando de a uno o dos en secuencia, aquí llenaron el cielo durante varios minutos, en cierto momento todo el cielo estaba cubierto de estrellitas doradas mientras las bolas de colores estallaban de a siete u ocho por vez. El gran final fue con las mismas estrellitas (jamás había visto algo así), acompañadas de una secuencia muy rápida de fuegos blancos, tan brillantes que me dejaron medio ciego y tuve que bajar la vista al suelo. Durante todo este tiempo, en la plaza, abarrotada de gente, se hizo un silencio total, y sólo se escuchaba el silbido de los fuegos en su ascenso, seguido por el ruido de las explosiones. Está de más decir que jamás había visto unos fuegos tan espectaculares, creo que es imposible que dejen a nadie indiferente. Me hubiera gustado que hubiera alguien de Mar del Plata para verlo.

Todo lo del camello me pareció una expresión magnífica de cierto salvajismo, de un espíritu de fiesta muy español (aunque yo preferiría decir muy sincero, muy humano). Los poseedores de las bengalas (camello, diablos) mostraban placer en aterrorizar, perseguir y hacerle correr peligro a la gente (sobre todo, a los que no estábamos bien protegidos), y mucha gente disfrutaba poniéndose en el punto de peligro, los niños bailando bajo las bengalas, los más grandes esperando a que el camello les echara el fuego encima. Alguien podrá decir que esto es poco "europeo", que esta barbarie debe ser extirpada del mundo de una vez por todas, pero a mí me pareció una cosa espectacular que debe ser protegida y favorecida para que no desaparezca.

Muchos argentinos utilizan la fiesta española para ejemplificar que somos más civilizados que los españoles, a mí eso me parece falso por muchas razones. Una es que en este caso se trata de una violencia medida, canalizada y justificada, afecta sólo a quienes quieren participar de ella, y aspira a ser una liberación temporal del ser humano (al menos, uno vive esto como una especie de liberación, aun cuando sea más espectador que participante). En contraste, en Argentina la violencia (también presente) me parece que está contenida hasta que explota, sin medida y sin justificación, involucra a inocentes, y sólo se detiene por cansancio o por ser derrotada por una violencia mayor. En Argentina me parece que muchas veces se elige ignorar el "lado oscuro" (por poner una palabra) que todos tenemos, aquí ese "lado oscuro" es aceptado(tal vez por eso aquí se habla, sin pudor y sin groserías, de cosas que en Argentina sólo son dichas como confesión o como chiste soez). Parte de ese "lado oscuro" sería el placer de hacer sufrir (y para las víctimas, el placer de estar en peligro), creo que de eso trataba esta fiesta.

En resumen, recomiendo que cualquiera que esté en Barcelona el último fin de semana de septiembre se dé una vuelta por Molins de Rei. Por mi parte, pienso volver siempre que pueda...

Volviendo al asunto, por supuesto hubo algunos hospitalizados, el más grave fue uno que, pese a llevar sombrero, se le ocurrió mirar hacia arriba justo cuando una bengala descendía. Le estalló junto al ojo, que no sé cómo le habrá quedado. Era, de todas maneras, uno de los que se puso voluntariamente en la línea de fuego, así que conocía los riesgos.

Luego nos encontramos con el novio de María José, que aunque se había lastimado el tobillo esquivando al camello (que, según dijo, "iba un poco a su bola"), estaba muy entusiasmado con la fiesta (yo también), y nos hizo pasar al almacén del ayuntamiento, donde el camello finalmente descansaba, junto con todos los voluntarios que habían hecho posible la fiesta.

Fuimos después a comer a casa de María José, que preparó una cena muy abundante, donde los platos habían sido elegidos con un único criterio: que me gustaran a mí. Había tortilla española con pimientos (morrones) y cebolla, aceitunas, queso de bola y queso curado, bull, jamón ibérico, aros de calamares, patitas de pollo, pan con tomate, flan, etc. Con eso y un tempranillo riojano quedé a punto de explotar. Luego me volví en autobús a Plaza Cataluña (Barcelona), y de ahí me volví, también en autobús, hasta mi piso.

El domingo fue un día de playa, creo que hizo casi treinta grados, pero me quedé tirado mirando unas películas en TV, porque me levanté muy tarde y el sol se pone temprano.