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lunes, julio 05, 2010

Cala Mosques y Cala Xeroi

El 14 de agosto pasado fuimos a un par de calas próximas a la Ametlla de Mar (la "Almendra de Mar", en Tarragona). Tuvimos un pequeño desacuerdo con nuestro GPS, que parece no ser muy preciso en cuanto a playas, y terminamos primero en Cala Mosques, un sitio recóndito rodeado de casas de veraneo de lujo deshabitadas.


Un niño y una parejita, los únicos que había en la playa. De todas maneras no nos quedamos mucho allí, porque el suelo era de roca y no era muy motivante cortarse todo para meterse al mar. Además, hacía tanto calor que queríamos algo de sombra, y no había ningún escondite.


Una mansión, propiedad de un francés, domina la entrada a la cala.


Rápidamente nos fuimos a cala Xeroi, un lugar que me recordó mucho a la Costa Brava. La arena no era tal, sino infinidad de piedras redondeadas de todos los colores. Llené una bolsa para regalárselas a mi hermano, y me metí varias veces al mar, que debía rozar los 30 grados.



A eso de las cuatro nos fuimos a comer a Altafulla y luego regresamos a Barcelona. Faltaban un par de días para las fiestas de Gràcia y para viajar, con mi hermana y mi cuñado, a conocer Menorca.

Cap Roig y Tortosa

El 13 de agosto pasado fuimos a conocer Cap Roig (Cabo Rojo), una cala más propia de la Costa Brava que de las típicas playas largas y llanas de la provincia de Tarragona.


Apenas llegamos nos metimos inmediatamente al agua. Caminamos un poco por el bosque, y aprovechamos para comer en una enorme terraza situada a metros del mar.




Por la tarde, una vez que tuvimos suficiente playa, fuimos hasta Tortosa, una ciudad que me interesaba conocer por algunas fotos que había visto por la tele. Se ubica cerca del límite sur de Cataluña, a unos pocos kilómetros de la frontera con Valencia.

Durante la Guerra Civil Española, la Batalla del Ebro fue una de las más importantes, y la ciudad quedó prácticamente destruida. En 1966 Franco hizo construir un monumento a los caídos (a los caídos del bando fascista), al cual le han quitado varios símbolos pero aún sobrevive el águila imperial. Allí sigue, polémico, en el medio del río.


Lo que más me gusta de la ciudad es cierta sensación de abandono. Parece que los habitantes de la ciudad han decidido dejar que sus edificios se vayan destruyendo lentamente, por falta de interés o de dinero. Cada tanto se escucha alguna noticia de algún edificio que hace implosión sepultando dentro a sus moradores. En esta foto, a la vera del río, algunas construcciones están ligeramente inclinadas hacia delante y los costados.


Esto creo que es la entrada a la catedral, en obras de restauración. La escalera desapareció.



En la calle abundaban los musulmanes y los gitanos (cada uno en su barrio). Tortosa parece haber sido abandonada por los catalanes en manos de incipientes ghettos, que seguramente se ganan la vida en tareas de campo. Pese a su historia y su patrimonio, no parece que el turismo sea un motor importante de la ciudad.



Me gustan mucho estos edificios en decadencia.


Esto creo que es el interior del Palacio Episcopal, una construcción hermosa y compleja, de la que nos echaron un poco bruscamente ya que ya eran las seis de la tarde.


Pero antes llegué a sacar algunas fotos.



El monumento franquista de la Batalla del Ebro, algo más de cerca, y con el sol de frente para que no se vea nada.


Por toda España se conservan algunas placas conmemorativas. En Cataluña las placas en castellano normalmente son franquistas. Esta en particular posiblemente lo sea, porque recuerda a un tortosí de derechas que llegó a ser alcalde de Madrid, logró luchar contra una epidemia de cólera en la ciudad, y tuvo que dimitir por corrupción. Parece ser uno de esos héroes del pasado de la españolidad.


La destrucción de algunos edificios es total. Detrás de esta elaborada entrada a una iglesia sólo hay escombros y cables aéreos (prácticamente extintos en el resto de Cataluña).


En la que tal vez fuera la plaza central, esta esquina vidriada pide a gritos una segunda oportunidad. En Barcelona, su valor sería incalculable. Aquí, ni siquiera tiene okupas.


Los edificios, como si estuvieran borrachos, se tambalean en diferentes direcciones. Cuando se van hacia delante, necesitan apoyarse en los de enfrente.


Subimos caminando al Castillo de San Juan, iniciado por los romanos pero construido en su mayor parte por los musulmanes. Gran parte de España estuvo bajo dominio musulmán durante 7 siglos, incluyendo a Tortosa. Ahora, la construcción principal funciona como hotel de lujo.



El Castillo controla la ciudad y el río.


Debajo se ve la Catedral, que tiene una forma bastante particular, y a la izquierda, con techos de tejas, el Palacio Episcopal. Es por esta imagen que tenía ganas de conocer Tortosa.


Un buen ejemplo de un edificio vacío, que espera que alguien se decida a invertir en la ciudad reconstruyendo todo su interior. Conozco a unos cuantos catalanes que compran construcciones así, restauran la fachada y otros elementos de interés, y se construyen en su interior una casa de lujo. Esto lamentablemente no es una práctica frecuente entre los gitanos y musulmanes, los habitantes de este casco antiguo. Los sudamericanos tampoco somos muy de restaurar, de hecho. Supongo que es por falta de arraigo.


El Ebro atraviesa la ciudad.



Primer plano de la Catedral



Una de las murallas y de las torres del castillo.


A lo lejos, del otro lado de la ciudad, otra fortificación, conectada por una antigua muralla.


Detrás de la muralla, las antiguas tierras de labranza.


El pozo central, sorprendentemente ancho, protegido con una reja.


Las rampas de acceso, hechas con piedra, intentan mantener el estilo del castillo. Aquí sí ha habido una buena restauración.



Esta estructura, con poleas en las esquinas, me dejó intrigado. Me gustaría saber para qué servía, la verdad.


Parece que un vecino decidió alegrar el barrio pintando su ático de rojo.


Y otro de rosa.


Un servidor, confirmando que la gente hace unas décadas era más baja.


Estaban a punto de sacar a pasear a la virgen, aunque no parecía haber mucha expectación.


El alquiler de este local debe ser barato. Eso sí, yo no haría una ventana en esa pared, que parece sostener medio edificio.


Aquí, un atardecer sobre el río.


Hace un par de años, durante una sequía, hubo cierta polémica porque los valencianos querían que se desviara una parte del Ebro a sus tierras (posiblemente necesitaban abrir otros cien campos de golf ). Los tortosíes y catalanes en general estaban en desacuerdo. De hecho, el Ebro está en retroceso por la cantidad de agua extraída para la agricultura, así que agua no sobra.


Me gustó este edificio, que es en realidad una cadena de comidas rápidas. Nos pedimos un par de bocatas (en Argentina, "sánguches") y nos volvimos al hotel.

viernes, mayo 21, 2010

Delta del Ebro: Faro

Ahora que está comenzando la época de playa, creo que ya va siendo hora de que suba las fotos del último verano.

Comenzamos por irnos, el 12 de agosto pasado, al Delta del Ebro. El río Ebro es el más caudaloso y el segundo más largo de España. Ahora bien, quiero expresar aquí mi preocupación por el sistema fluvial español. Los ríos están locos. Van para donde quieren. Por ejemplo, algunos nacen hermanados, para luego uno irse al Atlántico y el otro al Mediterráneo. Otros, como el Llobregat, aparecen en los lugares más insólitos (de hecho, si uno sale de Barcelona, vaya para donde vaya, siempre lo cruza al menos una vez). El Ebro es otro de estos ríos locos. Nace allá por Cantabria, en Fonibre, a menos de 100 kms. del Atlántico, pero no, a diferencia de los demás, a éste se le ocurre atravesar media España y morir en el Mediterráneo, unos kilómetros al sur de Tarragona. Es por este río que regiones tan distantes formaban una misma provincia en la época de los romanos.

El Ebro es el río grande de arriba a la derecha.


Vuelvo al tema. Al ser un delta, yo me esperaba un terreno más o menos llano, con algún que otro islote, y poca playa. Me equivocaba casi completamente, ya que su diversidad sería mi mayor sorpresa.

Después de conducir durante unas tres horas, estrenando mi carnet, llegamos a Deltebre, un pueblo situado en el centro del delta, y salimos rápidamente hacia la playa. Nuestro primer objetivo era la zona cercana a un faro famoso. Las carreteras de asfalto, y muy estrechas, dieron paso a un camino de tierra prensada, luego a uno de arena dura, y pronto, a uno de arena blanda. Estábamos cruzando a una península, y teníamos el mar a ambos lados a unos pocos metros. Había una huella de neumáticos entre los médanos, que se podía aprovechar para circular sin encallarse. Por supuesto, me encontré con un coche de frente, y para cederle el paso no tuve más alternativa que abandonar la huella y hundir los neumáticos en arena blanda. Me vi incapaz de sacarlo, así que le cedí el volante a mi novia, que lo logró casi sin esfuerzo. Unos días después le pasó lo mismo, en el mismo lugar, a un amigo, que se quedó durante una media hora, hasta que alguien le dijo que pusiera los plásticos de los apoyapies debajo de las ruedas. Parece que el truco funciona como la seda.

Finalmente, después de unos kilómetros de arena arcillosa, llegamos al faro. Cerca se extendía una playa prácticamente desierta. Toda la zona es una reserva natural por la cantidad y variedad de aves que viven allí.


Este era el único sitio para dejar el coche en kilómetros a la redonda, así que éramos realmente pocos:


Arena y más arena.


El agua estaba incluso más caliente de lo normal, así que me pasé media tarde haciendo estupideces en el mar. También caminamos por la costa, ahora ya sí completamente desierta, junto a algunas aves, peces, y cosas devueltas por la marea.


Cuando comenzó a caer el sol, regresamos al hotel para hacer un poco de piscina, y a practicar mis clavados para que fueran un poco menos penosos.

Al día siguiente visitamos Cap Roig, una cala extraña para Tarragona, y que no tiene nada que envidiarle a la Costa Brava.