En algún momento de mi estadía en Mar del Plata le dije a un amigo que allí todo se volvía innecesariamente complicado y era muy fácil perder horas enteras por algo que debería ser sencillo (y que en otros países lo es). Mi viaje de regreso a Barcelona es un buen ejemplo.
El 2 de octubre fui hasta el centro de mi ciudad para viajar al aeropuerto internacional de Ezeiza. Eran las 7 de la mañana, y aunque mi vuelo salía a las 20:30, y se supone que como mucho tardaría 6 horas en llegar, varias razones me hicieron madrugar. El trayecto a Ezeiza está monopolizado por una empresa, por lo cual sólo podía salir a las 7 o a las 12. El que más me convenía era el de las 12, llegando bastante ajustado al check-in, pero si había algún problema perdería el vuelo. De hecho, el autobús de mi hermano había tenido que ser reparado unos 500 metros después de salir. El novio de mi hermana había tenido que esperar una hora y media en un pueblo intermedio hasta que llegara un vehículo de repuesto, ya que el suyo ya no funcionaba más. Y el día anterior otro se había salido de la autopista, estrellándose de frente en una zanja (el conductor seguía muy grave). Así que, con resignación, me despedí de mi familia (a la que agradezco muchísimo por ir, sobre todo a esa hora) y partí hacia Ezeiza.
Llegamos sin ningún problema, y apenas entré al aeropuerto me rodeó un enjambre de vendedores de asistencia médica en el extranjero y de esos que te envuelven el equipaje con celofán para que te roben con más dificultad (me hizo acordar a Ciudad del Este). Fui a comer, esperando a llegar a Barcelona para poder ahorrar: si no recuerdo mal, me cobraron por un sandwich (bocadillo) de pollo 24 pesos (casi 6 euros), sin incluir la bebida.
A las 17:30 me acerqué a un panel y vi que el vuelo no tenía retrasos. Fui hacia las ventanillas que me indicaban, para hacer el check-in, y cuando llegué me dijeron que mi avión saldría con 13 horas de retraso, a eso de las 9:30 del día siguiente. Casi instintivamente pedí que me dieran un hotel, y después de una media hora de espera me dieron un ticket para un taxi hasta Buenos Aires, la dirección del hotel, y me dijeron que me pagarían el taxi de regreso y una cena de hasta 25 pesos. Quería dejar la maleta (que pesaba 32 kilos), pero me dijeron que no lo hiciera, que por la noche el personal del aeropuerto se robaría todo. De hecho, unas semanas antes un programa de televisión había realizado una cámara oculta allí y todo el país había visto cómo abrían el equipaje, pese a las cámaras de vigilancia de la aduana. Poco después se llevaron presos a diez empleados: huelga de aduaneros en todos los aeropuertos del país.
Cuando llegué al hotel, en Buenos Aires, me encontré con un cartel que decía: "Hotel San Martín - Primer piso". Al final del pasillo había un ascensor que era una reliquia. Subí con una colombiana que llevaba un bebé a cuestas. Ella estaba en mi misma situación, aunque por un vuelo a su país.
Arriba, en la recepción de algo que a duras penas puede llamarse un hotel, nos dijeron que no tenían ninguna reserva hecha por Aerolíneas, y, lo que era peor, tampoco tenían lugar. La verdad es que ningún hotel tenía habitaciones, porque había no sé qué congreso en la ciudad. Y yo estaba con los 32 kilos a cuestas (y una mochila), con unos 20 pesos (insuficientes para regresar a Ezeiza), sin haber dormido más que un par de horas en el viaje, caminando por la calle en pleno anochecer. Sólo me faltaba un cartel que dijera: "Por favor, róbenme".
Mi idea había sido dejar todo en el hotel e invitar a cenar a mi prima Tamara. Al final, tuve que invitarme yo mismo a dormir en su departamento, y eso tampoco fue muy fácil, ya que estaba en clase y no la podía contactar. Finalmente, habiendo dejado casi todo mi dinero en el locutorio, fui a buscar la llave a lo de un amigo suyo, y así pude entrar (por suerte, sólo era subir un piso sin ascensor).
Cuando mi prima llegó, bajamos hasta un cajero (imposible describir el alivio que fue ver que mi tarjeta española funcionaba y me daba dinero... ya había tenido problemas para usarla), y nos fuimos a cenar a todo lujo, aunque mi aspecto a esas horas ya era lamentable. Lo pasé muy pero muy bien hablando con mi prima, y después nos fuimos a dormir.
A la mañana siguiente la tuve que despertar para que me abriera la puerta de abajo (ya que en Argentina siempre hay que cerrar con llave), y a las 7 en punto de la mañana me estaba tomando un taxi hacia el aeropuerto. El taxista, que sabía que me pagaría Aerolíneas, me dijo: "lo dejamos en 60 pesos y los peajes", y apagó el medidor. Lo que se dice "corrupción estructural" (avivada, en argentino). En el aeropuerto me pusieron mala cara por esto, pero no me habían pagado el hotel ni la cena (que valía más de 25 pesos), así que me dieron el dinero.
Fui de todas maneras a la oficina de reclamos, para quejarme por haberme dejado sin hotel. Después de esperar casi 30 minutos en una cola que no avanzó ni una sola persona, decidí dejarlo para otra vida.
Despaché el equipaje y entré. El vuelo estaba anunciado con una hora más de retraso (para las 10:30), así que estuve paseando hasta poco antes de la hora. Por supuesto, despegó pasadas las 11 de la mañana.
Lo que sí me gustó fue que el avión estaba casi vacío. Después de almorzar me acosté cuan largo era en una fila de cinco asientos, con tres almohadas bajo mi cabeza, para intentar dormir.


En Barcelona, lo que hubiera sido un casi placentero regreso en tren y metro a las dos de la tarde se había convertido en una penosa espera a las 3 de la mañana. En Ezeiza me habían dicho que fuera a las ventanillas de Aerolíneas y pidiera que me pagaran el taxi. Obviamente, estaban cerradas, y no abrirían hasta las 8. Así que esperé hasta las 6, me subí al tren a Sants, y allí me subí a un taxi que pagué yo mismo.
Subí los cinco pisos sin ascensor, y me acosté a dormir. La aventura de viajar con Aerolíneas Argentinas había terminado, y lo único que sentía era cansancio.