Castellfollit de la Roca
Después de pasar la mañana en Besalú, seguimos en coche hasta el pueblo cercano de Castellfollit de la Roca, donde nos habían recomendado comer en un restaurant muy "campesino". Como siempre, hicimos una reserva antes, ya que la técnica marplatense de presentarse en el restaurante y hacer cola no funciona demasiado bien en Cataluña (hasta el sitio más inesperado puede estar lleno por horas). Después de comer unos platos muy suculentos de comida catalana, caminamos un rato por el pueblo.
Muchas casas parecían abandonadas:
El pueblo tiene sólo un par de calles que la atraviesan longitudinalmente. Es realmente muy estrecho (y también muy pequeño, con 1000 personas, siendo el menor en superficie de toda la provincia de Girona, y el segundo de toda Cataluña).
¿La razón de que sea tan estrecho? Que está rodeado por acantilados en tres de sus cuatro costados. Castellfollit está ubicado en una punta aguda de una meseta, justo al borde del barranco. Por ejemplo, esto es lo que uno ve apoyado en la pared de alguna casa.
Mirando hacia atrás, se ve el pueblo, la caída abrupta y el río que pasa por debajo.
Las casas, al borde mismo del precipicio. Del otro lado hay un precipicio similar, formado por la erosión de otro río sobre la misma roca volcánica, de más de 50 metros de altura.
Reformas en el Ayuntamiento. La caja fuerte ya no parece tan segura.
Como en invierno los días son cortos, salimos pronto rumbo a Olot y sus volcanes. Pero antes, un par de panorámicas de este pueblo, que me pareció alucinante y único. Lástima que las fotos no sean mejores, para mí es uno de los lugares más impactantes que haya visto.
Toda la zona de Olot tiene volcanes inactivos. Hubo un par de anécdotas para el recuerdo: la primera, que el volcán de la ciudad estaba, según una señora, "cerrado" (supongo que quería decir que por la hora no se podía acceder al parque en el que estaba). Pero la que me perseguirá toda la vida (como las risas de quienes me acompañaban) fue cuando, buscando unos volcanes de los alrededores, paramos el coche y le pregunté a un paseante, esforzándome en catalán, dónde quedaban los "volcanets". Como si preguntar por los "volcancitos" no fuera lo suficientemente humillante, resultó que el paseante era claramente un moro que sabía todavía menos catalán que yo, y me respondió en castellano.
En cualquier caso, llegamos casi al anochecer a ver un par de volcanes, a los cuales no llegamos a subir por la hora y por pereza.
Después de saludar a un caballo solitario que estaba intrigado por nuestra presencia, volvimos a Barcelona por el camino largo, para evitar las autopistas, y un par de horas más tarde ya estábamos en casa.